febrero 2018

Un juez mete en la cárcel a un rapero rabioso y lo enaltece como mártir de la libertad; ARCO retira un cuadro que llama «presos políticos» a unos presuntos delincuentes y le regala al autor un precio que la obra no vale; un alcalde consigue que otro juez secuestre un libro por decir lo que todo el mundo sabe en Galicia, que no habría cárteles de la droga sin complicidad política y social, y coloca al autor en el número 1 de Amazon; la conservadora de un museo descuelga un cuadro por si le provoca urticaria al feminismo amazónico y, de repente, nos enteramos de que en Manchester, aparte de dos entrenadores que se odian, tienen museos; las autoridades educativas de lugares perdidos de los EE.UU. retiran Las aventuras de Huckleberry FinnMatar a un ruiseñor por si a Oprah Winfrey le molesta y confirmamos que Trump no ganó las elecciones, sino que las perdió la izquierda pija que no gana para tanto papelillo de fumar con que cogérsela.

¿En qué se basan los guionistas y dibujantes de Marvel para crear sus personajes, desde Magneto al Capitán América? ¿Cuáles son los manantiales en los que bebe su imaginación? ¿A qué musa claman en lo más desértico de su peregrinaje creativo? ¡Hombre!, me encanta que me haga usted esa pregunta porque, mire por dónde, me sé la respuesta.

El Capitán América es un insospechado rompecabezas histórico

Como hacemos todos los que imaginamos, los guionistas y dibujantes de Marvel también beben en las fuentes del monte Helicón, hogar de las Musas, muy cercano al Monte Parnaso, para que todo quede en casa. Solo que una veces llaman a esta musa y otras a aquella, pero no a todas en pelotón, pues, como artistas, las nueve son insoportables en cuadrilla. En el caso que nos ocupa, la elegida fue, seguramente, Clío, la musa de la historia y de la poesía heroica.

A la derecha la podemos ver en un fragmento de una de las obras más conocidas del pintor neerlandés Johannes Vermeer, «El arte de la pintura» (c. 1666). La hija del autor, María, posa con los atributos de la hija de Zeus y Mnemósine, diosa de la memoria: la corona de laurel, la trompeta de la Fama y un libro del historiador Tucídides. Y, dicho esto, pasemos a lo que íbamos…

Inauguraremos esta serie —«Eso lo he visto antes»— con un superhéroe que lleva la historia en su mismo nombre, en el uniforme y en su fecha de creación, pues fue un recurso propagandístico norteamericano en plena Segunda Guerra Mundial: el Capitán América. Cuando Joe Simon y Jack Kirby lo crearon en 1941, hicieron una síntesis documental que aquí vamos a analizar históricamente. Ellos agregaron y yo, como un forense, despiezaré. Empecemos por la cabeza.

Esta semana me han tildado de «indocumentado». ¡Será por carnés! Llevo en el bolso el de identidad, el de conducir y cinco de bibliotecas estatales, diputacionales y municipales. ¿Cómo?, ¿que si uso bolso? ¡Pues claro! Ni mochila ni  morral, ni riñonera ni mariconera: b-o-l-s-o. ¿Dónde, si no, iba a meter tanto carné, la cartera, el monedero surfero, las gafas de presbicia, el bloc de notas, el móvil, el plumier, un par de libros y lo que se tercie? Uno madura cuando, por fin, pone la comodidad y el pragmatismo por delante de los prejuicios.

¿Cuánto hay de Farenheit 451 en la retirada del cuadro de Hylas?

Mono mi bolso, ¿eh?

La culpa de tamaño baldón profesional —«indocumentado»— es del dichoso cuadro de Waterhouse. No, pobrecito, él es tan víctima como yo. La culpa la tiene el feminismo amazónico (por las míticas guerreras misántropas, no por el río). Y es que a quienes hemos visto más de Farenheit 451 que de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en la retirada de un cuadro con desnudos, eso ha sido lo más leve que las seguidoras de #MeToo nos han llamado. «Bueno, ¿y qué esperabas?», podría preguntarme a mí mismo: varón, caucásico, heterosexual, «polla vieja», español, europeo y rendido admirador de la orgía de talento e ingenio que son todos y cada uno de los cuentos de Guy de Maupassant, muy susceptibles de acabar en la lista de obras prohibidas de Oprah Winfrey. Eres un sospechoso habitual te pongas como te pongas.

Recapitulo para los afortunados ignorantes de la rabiosa actualidad. Una obra del prerrafaleita John William Waterhouse, Hilas y las ninfas (1896), ha sido descolgada de su pared en la Manchester Art Gallery para animar al debate sobre la «cosificación» de la mujer. Resulta que se dieron cuenta de que a las náyades se les veían las tetas. No todas, las cosas como son; siete ninfas por dos pechos hacen catorce senos, pero, en realidad, solo se ven seis; los otros ocho están ocultos por briznas de hierba y vegetación lacustre y por las posturas de las protectoras de la charca. Por cierto, en castellano es Hilas, con -i- latina; en el título he dejado la griega para que Google me lo menee mejor.