agosto 2017

Nunca había visto tan alterado al Dr. Espinosa. Él solito parecía una bandada de dragones a punto de escupir fuego. Era la tercera vez que se le quedaba el café a medio camino de los labios, tensos como los invitados al bautizo de un gremlin. Tenía el pulso tan alterado que ya había más café en el platillo y sobre la mesa de mármol que en la propia taza. De haber fumado, habría encendido un cigarrillo sin importarle prohibiciones ni opiniones.

Cualquiera que se hubiese fijado en nosotros, y no era difícil que el airado criptozoólogo pasara desapercibido, se habría apiadado de mí por soportar a semejante orate. O, precisamente, habría sentenciado que el loco era yo por aguantar sus desaforados ademanes y sus vivas voces, en un tris de ser aullidos.

Cada vez que volvía a posar la taza, me pasaba por delante de las narices una carta. Se la había remitido la secretaria de presidencia (ni siquiera el presidente) de la Sociedad Ibérica de Criptozoología, sita en Teruel. Tener la sede de la SIC en la discreta ciudad aragonesa es como esconder un cadáver en la segunda página de Google… Nadie mira.

Este artículo va de nombrar la soga en casa del ahorcado. La soga se llama Titivillus, o también Tutivillus. Suena a autor latino de poco renombre, pero es un habitante del Averno, un subalterno de los grandes duques infernales. Sí, Titivilo es un demonio. Y, si escribes, el más temible. Yo escribo, y sí tengo miedo…

Si escribes, Tutivillus colmará de cagaditas tus páginas

El primero que se atrevió a invocar a tal demonio fue un teólogo franciscano. Se llamaba Juan de Gales y enseñó en Oxford y París en la Baja Edad Media. En 1285, el fraile lo maldijo en su Tratado de penitencia, que no fue dado a imprenta, sino a scriptorium.

Una roussoniana recomienda en Twitter que ante el atentado islamista de Barcelona leamos Las cruzadas vistas por los árabes. Y un cruzado le responde que a ver si puede parar la furgoneta de un terrorista tirándole el libro de Amin Maalouf.

A ella la califico de «roussoniana» porque me atrevo a decir que padece ese neocolonialismo humanitario que conduce a la apología urbanita del buen salvaje, aunque sea un barbudo circundidado cargado con una mochila-bomba. A él  lo tildo de «cruzado» porque quizá piense, aunque no lo tuitee, que «el único salvaje bueno es el salvaje muerto». Y califico el atentado de «islamista» porque Islam significa «sumisión» y la Yihad es su látigo.